Portada del libro El hotel de los corazones rotos.
Portada del libro El hotel de los corazones rotos.
Calificación favorito de Rehilete
Calificación favorito de Rehilete

Reseña por Lalo Enríquez

El Hotel de los Corazones Rotos (2025)
Eduardo Rabasa
Galaxia Gutenberg
Libro: Novela

Me enamoré de una botarga: la vida es más clara cuando se ve a través del hule espuma.

Hay temporadas en que la vida se atasca, en que las cosas simplemente parece que dejan de pasar. A muchos les pasa en la primera juventud, más o menos al terminar la prepa: cuando se pierde la rutina disciplinada de la escuela es fácil descarrilar a falta de un programa y acabar en calzones mirando por la ventana a las 3 de la tarde de un Martes pensando en qué salió mal y en que mañana, ahora sí (AHORA SÍ), empezaremos de veras a vivir y dejar de perder el tiempo. Solo para que al día siguiente no nos podamos ni levantar, vencidos por la tentación de la juventud que parece inacabable, eterna para que alcance a meterle, en lo poco que dura, los proyectos de una vida. Ya mañana, ahora sí…


Pero el tiempo pasa, a cada segundo.

Personalmente, me tomó mucho tiempo darme cuenta de lo mucho que la pereza me había impedido tomar el control de mi tiempo y obtener lo que quería de mi vida. A algunos les pasa antes, a otros después; los hay tan centrados que nunca les sucede y otros a quienes nunca les cae el veinte, pero cobrar consciencia del tiempo es también tomar consciencia de tu mortalidad y que hay que ponerse las pilas antes de que los años te atoren; en ocasiones es una lenta toma de consciencia que viene con el proceso de madurar, para otros, una patada de la vida o una coincidencia lo que los hace finalmente levantarse de la cama, ponerse los pantalones y apagar el celular en que estaban buscando el enésimo video de youtube… O si eres un veinteañero en los 90´s, el discman, o lo que sea que se hiciera entonces para anestesiar la sensación de vacío existencial.

Es 1999, Vicente Fox es EL Candidato favorito de México, la violencia en México no pasa de aquella que puede causar el crimen callejero. La UNAM está a punto de entrar en huelga y Bruno Bolado es un bulto de 21 años que, desde que lo expulsaron de 5º de prepa, no ha vuelto a conocer la disciplina de ninguna clase: los días se le escurren uno igual al otro bajo la perezosa tutela de un padre que a pesar de rayar los 50 parece de 15, un hermano apático como una papa y una madre sensible pero demasiado distante en la geografía como para poder hacer algo al respecto. Así pues, Bruno pasa los días vagando sin rumbo por el viejo DF, cayendo ocasionalmente en alguna fiesta o con las amistades que le quedan, pero en general, perdiendo olímpicamente el tiempo mientras nada más no puede acabar la prepa abierta.

Un día, avista una botarga de Elvis en un pecero y por el solo hecho de no tener nada mejor que hacer, la sigue a una oficina de quinta donde lo espera su siguiente aventura. Esto será el comienzo de una delirante espiral de acontecimientos que, caóticos y ridículos como no dejan nunca de ser, ponen a Bruno de vuelta en acción: es mejor andar ocupado hallando una forma de salir de una sórdida y absurda conspiración burocrática que no hacer nada. No hay mal que por bien no venga, y si la suerte lo puso de la manera más estúpida posible en peligro, también le puso enfrente la oportunidad del amor. Que suerte tienen los que no se graduaron… y que tampoco se bañan.

Algo que vale la pena comentar del libro es el agilísimo y encantadoramente desparpajado estilo con que el propio Bruno nos relata sus extravagantes aventuras, que además de las que ya describí, le siguen cayendo unas sobre otras sin temerla ni deberla, cada una más absurda que la anterior: desde historias sobre ladrones de ostias, hasta círculos de clubes de pelea en la Ciudad de México con todo y DJ y botarga. El ritmo de la narración, aunque bastante animado, no duda en tomarse sus respiros siempre que hace falta para detenerse a filosofar muy llanamente sobre la vida, la de Bruno y, en consecuencia, la de muchísimos jóvenes atrapados entre la falta de sentido en la vida y la falta de oportunidades que ya entonces parecía ser la norma.

No puedo evitar sentir que el autor nos está contando un poco de sus propios recuerdos en este libro, y si es así, debo decir que es una virtud rara el poder evocar con tanta fidelidad aquello que fuimos. La sinceridad es un añadido invaluable a la vitalidad del relato: Bruno no es muy listo ni muy culto, solo tiene a su disposición el lenguaje limitado de un estudiante mediocre con prepa trunca y un millón de anécdotas de su héroe Elvis entre cuya vida y la suya propia no deja de encontrar continuamente paralelismos increíblemente acertados. Esta sinceridad potencia la oralidad del relato y te permite sentir como si escucharas la anécdota findesemanera de un querido amigo del que no hemos sabido en mucho tiempo. Aquí hay competencia para narrar y a la vez, lograr una fina evocación de la sensación de confianza propia de una charla casual, porque todo lo que leemos no deja de ser nunca casual sin que ello signifique jamás ser corriente. Los aspectos más cultos de la novela entran gracias a la intrusión en el relato de Milena, el ángel guardián, el amor verdadero y uno de los recursos literarios más valiosos para hacer avanzar la historia y la vida de nuestro protagonista: con ella entran al relato las referencias al cine, a la filosofía y a la literatura que delatan la formación de Rabasa como escritor, que no deja pasar oportunidad de referenciar curiosidades y chusquerías que resultan inusitadamente reveladoras para la simplona mente de Bruno y para su eventual despertar del marasmo huevonil.

Entre tanto desamparo intelectual y anímico, Bruno anda perdido no solo por no tener chamba ni estudiar, sino porque a falta de estímulos más allá de la botella y la anodina existencia citadina de fin de milenio, él no sabe ni quién rayos es; enfrente solo tiene el retrato de lo que NO quiere. Es a raíz de andarse metiendo en embrollos que ni le tocaban que empieza a saber un poco qué clase de persona es, más allá de considerarse un simple fracasado, pero como nada en este libro es convencional, es a través de su extraña relación con la botarga, ese alter ego de espuma, que tiene las muy necesarias charlas con uno mismo que todos tuvimos alguna vez, donde nos cuestionamos el existir. Ojalá las mías hubieran sido tan hilarantes como la de Bruno.

Tanto la ambientación como el tema mismo de la novela me hacen pensar en un vínculo con la película de Güeros (
¡también reseñada aquí en Rehilete!). En ambas obras nos encontramos con personas, perdidas en la inmensidad del tiempo y sin respuestas claras en cuanto a lo qué hacer con sus desabridas existencias. Más aún, ambas obras tienen como telón de fondo la huelga universitaria de la UNAM de 1999; MÁS TODAVÍA, ambas tienen como eje rector de sus historias la casualidad, la flojera y el vacío existencial así como un personaje femenino fuerte que es a la vez de los más centrados y que fungen como catalizadores para sacar a los protagonistas adelante.

Verdaderamente, la huella de los 90's como campo común de la memoria de una generación es más patente cada día, y como antiguo morador de los 90's, aunque fuera nada más de coletazo, no puedo estar más complacido con esto. Tantas de estas cosas yo las viví tangencialmente a través de mis hermanos mayores: la angustia por el fracaso académico, la pereza como forma de derrota existencial. Si algo bueno tiene cumplir años, y hacerlo relativamente bien, es poder mirar hacia atrás a tus miedos de otro tiempo y reír al cotejar como esquivaste tantas balas que pasaron tan cerca; o al contrario, ver lo pequeñas que realmente son las cosas que una vez significaron el mundo entero. El sutil placer y arte de envejecer.

Mucha de la narrativa que producen hoy los autores mexicanos echa mano de remembranzas personales e historias más bien ligeras. Mentiría si dijera que no me ha llegado a hartar un poco tanta liviandad, y de hecho, cuando llegué a este libro, no esperaba gran cosa. Me veo felizmente desengañado de mis escrúpulos literarios al ver como una historia tan desenfadada pudo, con todo, llegarme tan hondo. Hoy día soy un hombre con oficio y beneficio, cartera, proyectos, llaves, chamba y todas esas cosas, pero yo también estuve alguna vez donde estuvo Bruno: atascado en el pantano de la flojera pensando que jamás llegaría a nada, impotente frente a la vida, condenado a solo verla pasar un día a la vez. No solo yo, también varias personas muy queridas para mí estuvieron conmigo ahí. Ver retratado con tanta fidelidad el sentimiento de perezosa fatalidad me trajo recuerdos bastante vívidos de una época que, aunque me alegro de haber dejado atrás, no puedo dejar de mirar con cierta nostalgia, aunque sea solo porque en aquel entonces era más joven, el fin se miraba más lejos y el mañana se vislumbraba aún lejano. Tal vez la flojera no estuvo tan mal, a fin de cuentas, nunca es realmente tan estéril: creo que fue John Lennon quien dijo que la vida es aquello que nos pasa mientras buscamos otras cosas y son precisamente los incidentes que sucedieron en mis interminables tardes de flojera lo que hoy constituye buena parte de las historias que cuento entre la chamba y la chela de la fiesta con mis amigos maduros. Lo que, irónicamente, me hace sentir que no desperdicié mi juventud.

A veces, cuando no tengo nada que hacer, me gusta ponerme a pensar en dónde estarán las personas que he conocido; imaginar que estarán haciendo y recordar lo que hacían cuando las conocí. En 1999, cuando Bruno vivía la aventura de su vida, conocía el amor y se enfrentaba a sí mismo en forma de Elvis, yo contaba apenas 4 años de existencia. 26 años han pasado desde que Bruno siguió a esa botarga sin más propósito que matar el tiempo; donde quiera que esté ahora, espero que haya logrado encontrar aquello que buscaba. El hecho de que este libro exista me hace sospechar que lo logró.