


Reseña por Memo Fromow
No Hay Tal Lugar (2003)
Ignacio Solares
Alfaguara
Libro: Novela
En un rincón cerca del cielo...
En buen hombre barroco, la vida entera no es más que una preparación para que, llegado el momento, sepamos morir bien. Porque después de todo, eso solo lo vamos a poder hacer una vez. No hay segundas oportunidades, ni tiempo para practicar: solo se muere una vez, y una buena muerte es el emblema de toda una vida.
Antes, (de nuevo) en buena vena barroca, eso era mayormente privilegio de los altos personajes: los santos, los grandes, los reyes y los caballeros, únicos que podían realmente a aspirar probar tánto de la vida como era posible en tiempo del honor. Pero en tiempos de masificación, pues es natural que el afán por democratizar la dignidad de la vida, llevara también a querer extender el privilegio de la buena muerte a todos.
No Hay tal Lugar es una novela de Ignacio Solares que gira en torno a la muerte en nuestra era y cómo es más difícil llevarla con dignidad inundados como estamos en la insoportable levedad del ser. Un joven y desencantado seminarista, de una congregación jesuita, Lucas Caraveo, es encomendado por su superior para que vaya a buscar y registrar las extrañas actividades de Ernesto Ketelsen: un colega que hace algún tiempo se salió del huacal doctrinario y del que se sabe que ahora dirige una especie de comuna en el Valle de San Sóstenes, lugar situado en algún punto indeterminado de la Sierra Tarahumara, del que apenas existen vagos indicios en los registros oficiales.
De mala gana, y bajo la promesa de otorgársele permiso para ir a ver a su madre enferma una vez que termine el trabajito, Lucas se pone en camino. Después de un extraño viaje descrito a medias, borrosas tintas y que termina por con fundir a Lucas (y al lector), nuestro protagonista llega finalmente, más por accidente que por otra cosa, a San Sóstenes. Ahí encuentra a su Ketelsen convertido en médico de almas perdidas, para quienes ha preparado una pequeña puerta al cielo: un lugar donde moribundos de todos lados encuentran un sitio para bien morir. Tocará a Lucas conciliar su fe con la idea de la muerte que Ketelsen le enseña.
Esta es claramente una novela espiritual, si cabe el adjetivo: se trata de una íntima exploración de la idea de la muerte en la sociedad contemporánea y su consideración desde la perspectiva que al autor le ha dado el conocimiento de la cultura tarahumara. Ignoro qué tan cercana haya sido en vida la relación de Ignacio Solares con ellos, pero lo cierto es que, cercana o no, el autor creó con materiales de la cosmogonía rarámuri una espiritualidad propia que pone aquí en palabras. No puedo evitar sentir que, en muchas partes, y en sus consideraciones más profundas, esta novela abreva más de un New Age mezclado con el indigenismo del siglo pasado, que de un estudio antropológico. Y varias de sus partes más peregrinas me dejaron con la sincera duda sobre si lo que nos propone aquí Solares es postura seria, o pura ficción para estimular la reflexión.
No conozco demasiado más de su producción, pero es claro que la esfera espiritual del mundo fue para el autor una preocupación primordial que luego llevó a sus libros: muchas de las cuestiones, fenómenos y situaciones e incluso los modos de describirlas y abordarlas, son muy similares (cuando no casi iguales) a la manera en que lo hace en otro libro suyo de temática totalmente distinta, Ficciones de la Revolución.
Además de la discusión filosófica, en cuyos aspectos más profundos tampoco ahonda demasiado, tenemos también un elemento de misterio que el autor nos deja para resolver a nosotros mismos: San Sóstenes y las cosas que ahí suceden no dejan nunca de tener un halo de misterio que los rodea; tanto la manera en que se llega, como los elementos que la rodean y la escasa información que existe respecto al lugar (o bien, no lugar) son contradictorias; la manera en que sus actuales habitantes llegaron a saber de él es por lo general enigmática, mediante encuentros fortuitos o extrañas coincidencias. No es un lugar al que se llegue si no se está listo, ni del que se pueda salir esperando regresar: una variación en mexicano del clásico tema del no lugar, como Shangri La, la Venusberg de Tannhauser, y otros idilios para espíritus elegidos que dan a elegir entre la dicha o el mundo: no hay dos glorias en la vida. A donde fuiste feliz, no vuelvas jamás.
La presente se trata de una novela corta, pero bastante densa no solo en su temática, sino también en el recargado estilo que puede llegar a tomar, bastante diferente de la limpidez de las Ficciones de la Revolución. Por otro lado, es mayormente un tema bien distinto el que se trata aquí, y cuando Solares se mete a diseccionar estados espirituales o intrincadas geografías emocionales con metáforas espacio-emocionales, sí me vi obligado a releer algunas partes; clara sinergia entre la complejidad de la materia a tratar con el activo esfuerzo de sumar a la ambientación onírica de un lugar suspenso entre el cielo y la tierra.
La puerta al cielo es estrecha y muy tenue. Cuidado al cruzar: solo se muere una vez.




